Para continuar con el tema de la semana, ahora me llena de orgullo que ésta, sí ÉSTA, es la última vez que cuento esta historia. Debido a acontecimientos recientes, por primera vez en cerca de cuatro años, soy feliz. Así que, como último ejercicio, dejaré en este blog el vestigio de esta memoria que ahora ya no duele, ya no nada.
X y yo ya nos conocíamos, como se conoce al mal y otros conceptos. De pasada, muy por encima. Jamás imaginamos (me atrevo a decirlo porque sé que tampoco lo pensó) que terminaríamos en pareja. A mí, al principio incluso me daba miedo su aura de malaleche, pero como dice cierta canción "me encandiló su mala facha".
Un día, entre hamburguesas y malteadas, dijo que quería a alguien, no precisó que fuera yo, aunque sí, fui yo. Ese día, nos amanecimos, pensando que esa noche era una tregua, una pausa, un universo paralelo al que solamente tendríamos acceso hasta que el sol rayara su piel. Nos besamos y lloramos cuando nos separamos, aunque sólo fue por ese día.
En corto, renuncié a todo lo conocido, porque me dí cuenta que quería estar ahí, con ella, sabiendo lo que implica optar por rumbo alterno. En actitud suicida, puse mi vida en cajas de cartón, esperando que algún día, decidiera hacer lo mismo. No sucedió. Año y nueve meses se desperdiciaron entre peleas decidiendo si es de mala educación no avisar cuando se llega tarde.
Al final, decidió, porque como dice Margarita, el amor es una decisión, que simplemente no podíamos darnos lo que necesitábamos. Muy acá, porque nunca se tomó la molestia de preguntarme siquiera si yo quería algo.
Tres meses más pasaron y seguía diciéndo te amo, y con ello, me amarraba con correa al piso donde yo gustosa lamí sus asquerosos pies. Hasta que decidí que igual ya había rogado, así que lo demás no podía ya ser tan doloroso.
La ví hace poco, en el metro, en el vagón del andén de enfrente, íbamos en direcciones opuestas. Y me dí cuenta, que pertenecemos a universos distintos, que solamente se juntaron por la necedad de un olvido.
Decidí entonces colgarme un letrero de "perdón por las molestias causadas, estamos en remodelación" y redescubrí la malsana relación con mis padres. Y en medio del caos, llegó Frank Morbo. Lo primero que me dijo es que le gustaba que las vampiras le rezaran padres nuestros, y yo le dije que rezara él porque yo no creo en el infierno.
Poco a poco, con paciencia de santo, aguantó mis gemidos, lamentaciones y miedos, y decidió creer en mí, loca como estoy. Entre lasagnas y vinos (con sus consabidas copas rotas) aprendió a lavar los platos sin dejar el espaghetti pegado, aprendió a decirme te quiero con películas raras y yo aprendí a que se puede sobrevivir a un@ cabrón@ y a decirle sutilmente, que se vaya a la chingada, cuando a tu lado tienes al más cabrón de todos: el perdón.
martes, 22 de febrero de 2011
Cabrón y no tan sutil
Publicado por Unknown en 8:32 1 comentarios
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